Mitad de allá y mitad de aquí: reflexiones de una políglota multinacional

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Nadie se da cuenta de que soy filipina. Incluso los filipinos desconocidos me miran e inmediatamente hablan en inglés. Siempre están sorprendidos cuando respondo en Tagalog. «¿Pero por qué tienes la piel clara?» me preguntan, como si fuera algo que se puede comprar en una tienda. A través de mi piel no pueden ver mi lugar de nacimiento y juventud en las Filipinas, o cuánto echo de menos la voz del vendedor de taho cuando caminas por las calles: «Tahoooooooo!»

Los chinos me miran siempre como si fuera una de ellos. Pero después de hablar unos segundos en chino conmigo retroceden con una sonrisa. «Disculpa, es que pensábamos que eras china.» No les importa que tengo sangre china. Lo que les importa es que mi chino es horrible.

En EE.UU piensan que soy americana por mi acento en inglés por teléfono, pero cuando me ven, dicen «¡Que bueno tu inglés! ¿Qué eres?» Una mujer? Una ingeniera de software? No — un secreto a voces: No eres una de nosotros. Eso después del hecho de que todos mis estudios han sido en inglés, y que es mi mejor lengua.

En una entrevista de trabajo en Australia, me preguntó el entrevistador de todas las maneras posibles de dónde vengo, y, frustrado con mis respuestas sobre mis trabajos previos en Australia, se alegró mucho al descubrir que mis padres eran filipinos. «¡Todavía no tenemos un filipino aquí!» me dijo. Después, la oferta, y mi vergüenza de conseguir un trabajo por no ser australiana. Yo con una carrera casi completamente hecha en el país.

Un holandés me dijo que hay tanta tolerancia en los países bajos. Todas las personas pueden convertirse en holandeses independientemente de sus orígenes. Pero justo cuando explico cómo es posible tener tres ciudadanías, empieza a sacudir la cabeza. «Pero eso no es justo. ¡Tu tienes que elegir! O no serás una verdadera holandesa.» Eso después de un día hablando en holandés.

Puedes hacerme otras preguntas, las que van a hacerte sentir más seguro de quién soy, o más capaz de etiquetarme. Y ofrezco mis respuestas, una mezcla y combinación de países. Pero lo que quiero hacer es contar mi vida, porque no puedo contestar en una sola palabra: Soy originalmente filipina. Mis padres son filipinos. Estudiaba en inglés en una escuela internacional, y más tarde en EE.UU. Me mudé a Australia y me casé allí con mi marido australiano. Vivimos allí juntos por más de una década. Nos mudamos a los Países Bajos, donde vivimos ahora. Y todo eso con una colección de idiomas, algunos de esos países, y otros, como el español, de otros.

Tengo mucha pasión cuando hablo otros idiomas. Y el aprendizaje de un idioma no es posible sin el conocimiento y la comprensión de la cultura que acompaña cada idioma. ¿En qué idioma pienso? Eso depende — de la situación, de la persona con la que estoy hablando, de mi humor, del tema, de si estoy cansada. Pero pienso en todos. Y, cuando pienso en estos idiomas, también actúo de manera correspondiente a las perspectivas inherentes a ellos. Y me cambian. Soy fundamentalmente diferente por haber aprendido este particular conjunto de idiomas.

Me vas a preguntar a qué país pertenezco en mi corazón?

Elegir un país o una cultura sería como cortarme el brazo. ¿Cómo sería posible para mí vivir sin reconocer la importancia de la familia como una filipina, sin cambiar al inglés para discutir noticias del mundo informático, sin sentir orgullo a la vista de la bandera australiana, sin relacionarme con personas con una mente abierta como una holandesa?

Digo que pertenezco a todos. No voy a elegir. Muchos de los problemas del mundo hoy en día ocurren porque queremos que otros elijan: entre sus países o sus religiones, sus familias o sus sexualidades, sus principios o sus presidentes. La verdad es que no hay una opción sino ser lo que ya son: producto de todos.

¿Y no somos todos así?